miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los clavos en la puerta

Hubo una vez un niño que tenía muy mal genio. Su padre le regaló una caja de clavos y le dijo que cada vez que perdiera el control tenía que clavar un clavo en la parte trasera de la puerta. El primer día el niño había clavado 37 clavos en la puerta.

Durante las próximas semanas, como había aprendido a controlar su rabia, la cantidad de clavos comenzó a desminuir diariamente. Descubrió que eras más fácil controlar su temperamento que clavar los clavos en la puerta. Finalmente llegó el día en que el niño no perdió los estribos. Le contó a su padre sobre ésto y su padre le sugirió que por cada día que se pudiera controlar sacara un clavo.

Los días transcurrieron y el niño finalmente le pudo contar a su padre que había sacado todos los clavos. El padre tomó a su hijo de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: “Haz hecho bien, hijo mio, pero mira los hoyos en la puerta. La puerta nunca volverá a ser la misma. Cuando dices cosas con rabia, dejan una cicatriz igual que ésta. Le puedes clavar un cuchillo a un hombre y luego sacárselo, pero no importa cuántas veces le pidas perdón, la herida siempre seguirá ahí”

Una herida verbal es tan dañina como una física. Recuerda que los amigos son joyas muy escasas. Te hacen reir y alentarte para que progreses; te prestan un oído, comparten palabras de aprecio y siempre quieren abrirnos su corazón, por eso a todos vosotros: Gracias!

5 comentarios:

  1. Me duelem los clavos, quizás no entendí que debía clavarlos en la puerta y me los puse en el pecho.

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  2. Bella historia, y si las heridas de lengua (les digo yo) tienen un gran poder, por ello hay que pensar bien que se dice, se hace, inluso los gestos para no dejar hoyos. Un fuerte abrazo

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  3. Muchísimas gracias a ti Canoso por esta historia tan bonita que hoy he alcanzado leer echándole un viztaso a tu blog.
    Me he quedado sin palabras (es super bonita) y es una historia la cual algún día se la enseñaré a mis hijos para que puedan aprender la incríble moraleja que nos transmite.
    Está claro mi amigo que los puñales que nos dan a lo largo de nuestra vida (tanto físico como sentimental), nos hacen muchísimo daño y aunque algunos los podemos reparar e incluso olvidar, otros muchos se nos quedan grabados para siempre en nuestro cuerpo y corazón.
    Un beso grande Canoso, y hoy me llevo una gran historia para casa.

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  4. Pilar, cuando nos hacemos mayores ya no nos vale clavarlos en una puerta, se quedan sus huellas en nuestro pecho. Beso y buen fin de semana.

    Me llego por email, Visitar catalunya, y no dudé en colocarla en el blog, me impactó mucho. Un abrazo y bienvenido

    RC, muchas veces por imprudencia, por no pensar lo que decimos, causamos un dolor o dejamos una huella que después es difícil de sanar, como esos huecos enla madera. Un besote

    Chari, yo se la he enseñado a mi hijo y funciona, está muy bien contada, ellos lo entienden rápidamente. besotes y gracias por la visita

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